Uno de los usos más potentes que descubrí de la inteligencia artificial no fue pedirle que hiciera cosas por mí. Fue pedirle que destruyera lo que yo había hecho.
Empecé a usar modelos con una instrucción clara: "Actúa como un programador senior experto en seguridad y rendimiento. Revisa este código y dime todo lo que está mal. No seas amable."
Los primeros golpes
Al principio, los "golpes" dolían. La IA me señalaba errores de lógica que yo creía inexistentes. Me mostraba vulnerabilidades de seguridad que yo ni imaginaba. Me decía que mis nombres de variables eran confusos y que mi estructura era un desastre.
La reacción natural es ponerse a la defensiva: "Pero funciona, ¿no?". Sí, funciona. Pero funcionar no es suficiente cuando quieres construir software profesional que soporte usuarios reales, pagos reales y datos reales.
El crecimiento después del dolor
Después de la molestia inicial, vino el crecimiento real. Cada crítica de la IA era una lección comprimida. Lo que a un programador junior le tomaría meses aprender por ensayo y error, la IA me lo señalaba en segundos.
Empecé a aplicar un ciclo sistemático:
- Construir una función o módulo
- Pedirle a la IA que lo critique sin piedad
- Corregir todo lo que señala
- Volver a pedir crítica
- Repetir hasta que no tenga quejas graves
Este ciclo es exactamente lo que hacemos en HojaCero con cada módulo que construimos. No entregamos código que "funciona"; entregamos código que ha pasado por un filtro de calidad tan exigente como el de cualquier empresa grande.
Tener un crítico hostil disponible las 24 horas no tiene precio. Si lo usas bien, tu curva de aprendizaje se comprime brutalmente. Si lo ignoras, sigues siendo el mismo programador mediocre que la IA ya te dijo que eras.